La tarde estaba cubierta por un manto de nubes sobre el valle de Covadonga, donde Montserrat, Covadonga y Marina se reunían con Cristóbal para partir rumbo a Roncesvalles. Iyán, rezaba a la Virgen de Covadonga por la suerte de su esposa y amigas, sin percatarse de que su esposa lo miraba con ternura pues el alejamiento era demasiado pesado. Éste, al advertir su presencia con un beso y un abrazo prolongado, se despedía de ella aparentando tranquilidad, siendo interrumpidos por las risas de sus amigas que se unieron a ellos fundiéndose en un sólo abrazo. Cristóbal que estaba a una distancia prudencial, se dirigía a las Damas con los últimos consejos.
¾
Marina, no te olvides de lo que hablamos
de las comunicaciones. No os arriesguéis más de lo necesario. A partir de
ahora, si os cogen, la Orden no os conocerá ni sabrá nada de vosotras. Por
favor, tener cuidado y mirar dos veces a ambos lados.
¾
No os fallaremos. Seguiré tu código.
¾
Tranquilo cariño, tendré sumo cuidado.
Llevo sangre de Don Pelayo y ya sabes que ganó a los sarracenos en este valle.
Y tú también Cristóbal, estate tranquilo que no nos pasará nada porque ahora
seremos Las Damas del Temple. ¡Vámonos, chicas! si no queremos que la noche nos
atrape aquí.
¾
¿Iyán puedes bajarnos el coche? Es que ir
hasta la entrada del Santuario, ¡cómo que me dan sofocos!, y, además; me tengo
que hacer amiga de Don Pelayo.
¾
Cariño, en nuestra Orden no se admiten
mujeres. Montse para eso tienes que nacer en Asturias; y no es el caso. (Iyán
reía disimulando su nerviosismo ante lo que se avecinaba) Dame la llave. Pero
recordar que lo tenéis que dejar en San Sebastián. Tomar los billetes del
autobús que os llevará hasta Saint Jean Pied de Port.
Iyán abrazaba otra vez a
su esposa, suplicándole con la mirada que no corriera más riesgos que los necesarios.
La besaba con los ojos humedecidos que lo traicionaban. Traición, que su esposa
disculpó con una leve caricia, con el dorso de la mano, sobre la mejilla
seguido de un guiño cómplice del corazón. Cristóbal, se acercaba a Iyán
haciéndoles un gesto con el dedo índice señalando el reloj, e Iyán, casi al
unísono con Cristóbal, les deseaban buen viaje.
Marina, conducía el coche
entre largos silencios que de vez en cuando Montserrat interrumpía con las
historias que le habían ocurrido en el tiempo que llevaban sin verse.
Montserrat, era una de esas personas que imantan toda clase de peripecias. No
había película almodovariana ni calamidades del Buscón, que la hicieran sombra,
pero buscando siempre el lado positivo con lo que reírse en sus tiempos de
ocio. Marina y Covadonga se reían a mandíbula abierta olvidándose, por unos
segundos, de los primeros tímidos nervios que afloraban al ver que se
aproximaban a San Sebastián. Se hablaban de vez en cuando con la mirada hasta
que vieron el parquin donde acordaron en dejar el coche.
Una vez estacionado, Marina,
con la ayuda de un guante, guardaba la llave en el tubo de escape. Covadonga se
fijaba en la estación del bus que estaba enfrente al lado de Montserrat, que la
miraba. No tardó Marina en sentir el silencio que gritaba retumbando en todo el
parquin. Se acercó hasta ellas alargando los brazos para cogerlas por los
hombros sin dejar de mirar la estación.
¾
Cova, Montse, todo irá bien. La Cruz no
saldrá de mi tierra Y con tres locas como nosotras, nadie sospechará nada. Sólo
debemos agudizar el ingenio, el oído y la vista y comportarnos amables con
todos y no fiarnos de ninguno.
¾
Lo sé, Marina. Lo sé. Pero debemos de ser
prudentes y no pasarnos con las bromas.
¾
Con todas las Cruces de Caravaca que hay
en las joyerías, y en las tiendas de abalorios, ¿por qué tiene que ser esa? Si
la pobre esta resguardadita del frio y del calor en esa basílica… ¡Bueno, no me mirar así!, que aquí no nos oye
nadie… Ya me callo.
Covadonga, percibía la
silenciosa tensión contenida entre ellas y a la que enseguida le puso remedio
para relajarla.
¾
¿Alguna se atreve a apostar conmigo una
cena o una comida? Vale llevar pareja. Yo digo que las tres lo conseguiremos,
pero antes nos capturará el enemigo, ¡y no sé cómo!, pero escaparemos.
¾
Sí, que las tres sabemos mucho de luchas.
De acuerdo, apuesto a que una tendrá que abandonar la misión antes de tiempo. Y
lo siento, Montse, pero serás tú.
¾
¿Estás de broma, ¿no? Aquí sí abandona
alguna, esa serás tú, Marina (El tono burlesco junto con la mirada de Montserrat
a Marina, hacía que las tres se rieran) Yo apuesto a que las tres lo
conseguiremos sin levantar sospechas y sin ser capturas. Nuestro bus, chicas.
¡La France, nos espera!
Durante el trayecto
cerraban los ojos intentando conciliar el sueño en lucha con la mente que les
mostraba imágenes perturbadoras. Las palabras de Cristóbal les volvían a los
oídos. “Estaréis solas. Nadie os irá a
rescatar si soy capturadas” Se miraban de reojo tanteándose entre ellas y
sintiendo como un sudor frio les corría por las manos, que acompañaban el
rostro con tonos más claros de los habituales en ellas, cuando los primeros
asomos del alba, las anunciaban que llegaban a Saint Jean Pied de Port.
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