España, Quirós (Principado de Asturias)
Llegaba Iyán a su casa asturiana, en el concejo de Quirós, para disfrutar las Navidades, como solía hacerlo de pequeño, en familia y alejados del estrés de la ciudad de Oviedo. En la casa, construida sobre 700 metros cuadrados, en mitad de una finca de 2500 metros cuadrados, ya le esperaban sus hijos y su esposa Covadonga, que daba los últimos retoques a la reforma de la casa respetando la arquitectura solariega asturiana, que Iyán había recibido en herencia. La casa de dos plantas, con la fachada de mampostería de piedra clara, sobresaliendo en la planta superior, un corredor de madera, de roble, y rematada con un tejado, de pizarra, acorde con el lugar. La decoración interior es de estilo minimalista, conforme con las preferencias de Covadonga, combinados hábilmente con los muebles de estilo Luis XV que habían heredado, y con una chimenea de leña, que añadió, para el crudo invierno de la zona. A un lado del porche, tiene un pequeño jardín de hortensias, rosas y azules, que competían con los brezos malvas y blancos. Cerca de la vivienda, habilitó un merendero de madera con una barbacoa de ladrillo de adobe, y chimenea de hormigón con parrillas de hierro. No lejos, estaba la caballeriza rodeada de árboles frutales y algún que otro roble. Iyán con la elegancia y los buenos modales que le caracterizan, saludó uno a uno a los allí presentes sin detenerse más de lo necesario, pasando por la caballeriza a saludar a su primo, que estaba al cuidado de los caballos, para irse al hórreo. Su alcanzar particular, cuando necesitaba aislarse. El hórreo estaba decorado con librería y escritorio de estilo Eduardo VII con un sillón de ruedas, estilo Reina Ana, que había reformado Covadonga sin perder los tonos originales. No se olvidó de colocar un mueble-bar estrecho y alto dividido con un saliente, destinando la parte de abajo para la nevera, hábilmente camuflada, en el mueble con madera de roble tallado al estilo Reina Ana.
Iyán se dirigió a la librería, donde tenía sus libros más preciados, para sentarse delante del escritorio que estaba debajo de una pequeña ventana, que en la reforma Covadonga mandó construir, sin perder el encanto del hórreo, pero sí adecuándolo para las necesidades de su marido. Iyán sonreía al ver como lo conocía su esposa. Miraba por su recién estrenada ventana, con la mirada perdida en La Cobertoria, sin percatarse que el blanco del puerto le advertía que no lo observase. Covadonga, después de diez minutos, subió junto a él tanteando su estado. Se acercó con suavidad por detrás, rodeándole con sus brazos y con los labios cerca de la sien derecha, le susurró.
¿Me lo vas a contar o lo tengo que adivinar? Esa Orden, va a acabar contigo No digas eso, es mi Orden y la de mis antepasados. Y tú eres creyente al igual que yo, aunque lo disimules (Iyán esbozaba una sonrisa intentado despreocuparla) ¡Vale…! Te escucho… (Covadonga, se sentó sobre sus rodillas acariciándolo con el dorso de una mano el mentón y con el otro brazo bordeándole el cuello) Cariño, tengo una misión importante y no sé a quién enviar. El próximo mes tenemos una reunión en Gran Canaria y debo decir a quien envío. ¿Es muy importante? Tienes a Pelayo que si se lo dices va. Sí, había pensado en él, ¡pero no! No puede ser de la Orden, y Pelayo lo es.
Pasó más de una hora, cuando el matrimonio salía del hórreo entre las risas burlonas de sus hijos. Covadonga con una mirada, disimuladamente enfadada, les indicaba que se callasen mientras entraba en la casa e Iyán, se iba con sus hijos a dar una vuelta por el pueblo y saludar a los vecinos; momento que aprovechó Covadonga para contactar, vía internet, con sus amigas de confianza y tantear el terreno para el plan que tenía previsto. La primera en responderle fue Marina, que acababa de llegar con su Harley,
¿Estás de broma? ¿Hacer más de 700 kilómetros tú y Montse? No me lo creo ¡Oye! no es más que una excursión… Cuando estemos cansadas paramos, que pueblos por el camino hay ¿eh? Y cervezas y vinos también. ¡Pero si cuando hicimos la Ruta del Cares, tú y Montse quisisteis esperar en León hasta que llegáramos! Que no Cova, qué no aguantáis. Pero si te empeñas, vamos, que, por mí, que no quede. Ahora quiero ver la cara de Montse cuando se lo digas. No me la pierdo por nada del mundo (Mariana se reía con ganas)
Montserrat leía un mensaje en el móvil en el que le pedía que se conectara, cosa que hizo. Al escuchar a su amiga, no daba crédito a lo le estaba diciendo, conociéndola como la conocía. Una peregrinación desde el sur de Francia hasta la tierra de Marina, ¡y andando!, quedaba muy lejos de sus planes.
¡Y no es lo mismo hacerlo en coche! Total, esos pueblos lo que tienen son iglesias, y algunos hasta castillos. Yo te aseguro que el coche llega hasta ellos. ¡Además! Donde menos vamos a parar va a ser en esos sitios, y los bares y restaurantes, ¡tienen hasta aparcamientos! Bueno tengo una razón poderosa que por aquí no la puedo decir. Cuando lleguéis, os lo cuento todo. Chicas, no os lo pediría si no fuera por una buena causa y por ayudar a alguien que es una de las razones de mi existencia.
Covadonga desconectaba el ordenador, después de convencerlas para que se acercaran hasta Principado de Asturias. El plan estaba en marcha y ahora le tocaba convencer a su marido de que, ellas, podrían lograrlo. La única duda que le rondaba era la de aguantar más de dos días sin él, y de si él, aguantaría tanto tiempo alejado ella. Sopesando todos los pros y contras; se convenció que eso era lo mejor, a verlo avergonzado ante sus hermanos de la Orden, por no poder cumplir con lo que, de él, se espera.
Habían pasado dos días cuando Marina y Montserrat llegaban al aeropuerto del Principado de Asturias. Iyán y Covadonga les saludaban efusivamente, mientras no dejaban de hacer preguntas respecto al viaje. Iyán, no quería ni asustarlas, ni agobiarlas, así que les dejó la mayor información para el día siguiente que las llevaría de excursión.
Pasada parte de la mañana cuando aún el sol no estaba en lo más alto, salían de Oviedo con dirección a la costa oriental asturiana. Iyán, por el camino iba pensando cómo decirles, suavemente, todo lo que les podía contar sin asustarlas. Sin darse cuenta de la hora, llegaban al hermoso pueblo de Lastres. Un pueblo que aún conserva sus raíces marineras, alegre, hospitalario, asfaltado con adoquines cálidos, en buena parte de sus calles, que cuelgan del cielo. Aparcaban en el puerto, donde el aroma a salitre y pescado recién hecho les daba la bienvenida. Covadonga pidió sidra, bebida típica asturiana, y alguna que otra tapa de aperitivo. Entre vaso y vaso de sidra, Iyán las iba poniendo al corriente. Ellas le escuchaban en silencio con los graznidos de las gaviotas de fondo. Una vez que Iyán terminó de contarles todo lo contable, observó las caras desencajadas al saberse solas en el camino.
España, Maspalomas (Gran Canaria)
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martes, 20 de marzo de 2018
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